Sinopsis:
L'amor i la mort ressonen semblants, quasi com si fossin germans. En aparença estan allunyats, però conviuen. El carrer de baix és una història d'amor i d'amistat, de mort i de desamor que transcorre a València ciutat i a la Vall de Gallinera.
En aquesta vall, amb gran densitat històrica però escassa densitat poblacional, la soledat fa estralls. Allà hi viuen Joan, professor d'institut, i Sara, una psicòloga que conrea bancals. També hi va a parar Carles, un editor de llibres que pretén escapar del dolor que li genera un fill d'acollida amb problemes de drogues i de delinqüència.
Os conté el agradable encuentro con el autor Vicent Flor, pero todavía no había reseñado el libro que comentamos con él.
Para ser su primera novela, tras haber escrito varios ensayos de carácter sociológico, sabe sumergirnos en una historia de personajes que se sienten reales. Trascurren entre el amor, de pareja y el paterno-filial, y la muerte, entre la amistad y la decepción, en dos escenarios físicos: la ciudad de Valencia y el valle de Gallinera, descrito este como un locus amoenus aislado de los peligros de la vida urbana.
Me ha impactado el mundo de los niños de acogida y el calvario administrativo y emocional de los padres que se hacen cargo de ellos.
"Quan critiquem els adolescents que es droguen, que ens emprenyen i que fins i tot ens roben, per què no ens preguntem què hi ha darrere en compte de blasmar-los? Darrere de Diogo hi havia dos abandonaments durant la infantesa, als quals cal afegir les mentides dels adults."
Es un acierto del autor revelarnos casi desde el principio que el joven acogido, por el que sentimos pena y rabia a la vez, no tiene buen final. El escritor se basa en su experiencia, aunque, por fortuna, el destino de su hijo de acogida no fue tan terrible.


1 comentario:
Es verdad, no siempre las cosas salen bien con los niños adoptados y acogidos. A veces por el comportamiento de los niños (causado quizá por los traumas que arrastraban antes de llegar aquí) y a veces por las expectativas poco realistas de los padres.
La huida al mundo rural, que también se presume idílico con demasiada frecuencia, tampoco es la panacea que nos puede curar de los males que llevamos con nosotros hasta allí.
Pero siempre hay que intentarlo, ¿verdad?
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