El fin de semana de Mundial coincidió con la celebración de las santas Justa y Rufina, nuestras Santetes, que precisamente fue el día de la final. Como ya supuse, los actos previstos para esa noche, misa y procesión, se adelantaron a la mañana. Que las Santetes me perdonen, pero no me atreví a quedarme sin aire en medio de la calle con semejante bochorno. Si el sábado por la noche ya era sofocante, no quiero imaginar el domingo.
El sábado 18 sí que fui a cenar con mis hermanos y demás familia y allegados con los que me encuentro de año en año, con la ilusión de verlos y asombrarme de cómo crecen los más pequeños. En cuanto a la cena en sí, comí muy poco, a sabiendas de que llegarían los postres y me perdería. Así fue, que algunos de los comensales aportaron delicias varias, bien caseras, bien compradas, todas apetitosísimas. Cómo me pondría que ni probé los helados y granizados que se sirvieron a continuación. Vi el desfile de gigantes y cabezudos, con el cortejo de los niños del barrio soplando ruiseñores de alfarería, visité a las Santetes en la ermita y me retiré a casa pasada la medianoche.
Abajo, los vecinos de la calle viendo la final.


No hay comentarios:
Publicar un comentario