Sinopsis:
Robin Hood intenta lidiar con sus demonios tras una larga vida de crímenes y asesinatos. Cuando en una sangrienta batalla resulta herido de gravedad, es enviado a un misterioso castillo para que curen sus heridas. Allí conocerá a una mujer que le ofrecerá una última oportunidad de redención.
Después de Sherlock Holmes, quizás la figura de Robin Hood sea de las más adaptadas a la pantalla, grande o pequeña.
A pesar de que había leído que esta película es una desmitificación del presunto héroe que conocemos, que robaba a los ricos para repartirlo entre los pobres, me animé a ir al cine a verla. Sin embargo, entre que el horario de los pases no me coincidía bien con el del autobús y, sobre todo, que el bochorno diurno me dificulta la respiración, aplacé el plan. Mientras, encontré una copia en la red, de calidad mejorable, en versión original con subtítulos en español superpuestos a otros en malayo, el colmo de lo exótico.
La primera parte es un derrame de violencia gratuita y bien explícita, entre paisajes brumosos, que me recordó a El hombre del norte. Luego se pasa a otro espacio, algo más luminoso, donde se puede disfrutar de la presencia de Hugh Jackman, pese a su melena gris al estilo de Geralt de Rivia y su barba de Logan que lo hacen parecer un Papá Noel sexy.
Chifladuras mías aparte, se me hizo cansino ese tono crepuscular, por lo que no me ha sabido mal perdérmela en cine.


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