lunes, 12 de mayo de 2008

Luna con Carla, su mamá


Ayer fui a ver a Luna y por fin contemplarla con los ojitos abiertos. Está preciosa, se nota que ha crecido y poco a poco va mostrando su genio. Ya no es la niña tranquila acabadita de nacer sino que la fuerza de sus pulmones cuando llora ya han desvelado más de una noche a sus papás.

viernes, 9 de mayo de 2008

Conociendo a Jane Austen


Esta película, de la que carecía de referencias, me ha supuesto una sorpresa muy agradable.
Conociendo a Jane Austen revela las vidas de un grupo de amigos de hoy en día a través del ingenioso prisma de su heroína literaria. Seis miembros de un club de lectura, seis libros de Jane Austen, seis historias entrelazadas durante seis meses en la moderna y bulliciosa Sacramento, donde la ciudad y la expansión de los barrios residenciales se mezclan con la belleza natural del entorno.


Aunque las historias contemporáneas no siguen ciegamente los guiones de Austen (lo que me alegra, porque no he leído todos los libros de la autora), los seis personajes encuentran reminiscencias, predicciones, advertencias y sabiduría sobre su propia trayectoria en las narraciones de Austen. A veces puede ser algo pastelito -al fin y al cabo es una comedia romántica-, pero a mi juicio resulta agradable de ver. Además, cuenta con un eficaz trabajo actoral.

Lujuria


Cuando murmuras con nervioso acento
tu cuerpo hermoso que a mi cuerpo toca
y recojo en los besos de tu boca
las abrasadas ondas de tu aliento.


Cuando más que ceñir, romper intento
una frase de amor que amor provoca
y a mí te estrechas delirante y loca,
todo mi ser estremecido siento.


Ni gloria, ni poder, ni oro, ni fama,
quiero entonces, mujer. Tú eres mi vida,
ésta y la otra, si hay otra; y sólo ansío
gozar tu cuerpo, que a gozar me llama,
ver tu carne a mi carne confundida
y oír tu beso respondiendo al mío.



(Joaquín Dicenta)

Eufemismos


jueves, 8 de mayo de 2008

¿Hubo tongo con Massiel?

La Sexta emitirá esta noche el documental 1968. Yo viví el mayo español, que promete no dejar a nadie indiferente ya que buscaba destapar, algunas supuestas verdades que han permanecido ocultas.

La directora del documental, Montse Fernández Villa, en una entrevista concedida a Formulatv dice entre otras cosas que: "Hubo tongo (en la victoria de Massiel en Eurovisión), lo cuenta José María Íñigo. Dice que es de dominio público que directivos de Televisión Española viajaron por Europa para comprar series que jamás se llegaron a emitir, contrataron conciertos con grupos y cantantes raros de los que nunca se supo nada y esas compras se tradujeron en votos".
Añade que "con esos votos comprados Massiel ganó Eurovisión. El régimen estaba absolutamente necesitado de una buena imagen exterior. Si repasas el Nodo, te darás cuenta de todas las fiestas que se organizaron, de cómo convirtieron a Massiel en una heroína nacional... fue excesivo para un Festival de la canción. Todo ello servía para ensalzar al régimen".

http://www.20minutos.es/noticia/375057/tongo/eurovision/massiel/

¿Qué opináis? Hubiese tongo o no, lo cierto es que el ímpetu arrollador de la Tanqueta de Leganitos forma parte de nuestra cultura y acervo popular. Quien no haya cantado nunca el “La, la, la” que tire la primera piedra.

De dioses y monstruos (rollo macabeo) II

Ya tenemos a estos Amos del Universo de Todo a Cien con sus deseos bien definidos y que no encuentran la cortapisa ni de la conciencia religiosa ni de la simple empatía humana (para mí mucho más valiosa) Vale, si han fallado los controles externos, pongamos en marcha los externos para así detenerles. Con la Ley hemos topado: unas leyes hipertrofiadas, imprecisas, cuya aplicación depende de la pericia de los abogados y la interpretación de los jueces. Llenas de garantías que se pensaron para resguardo del inocente y que, poco a poco, van convirtiéndose en las guaridas de los lobos humanos. Cuanto mayor es la enormidad del crimen, mayor la cuantía de lo estafado o mayor el desparpajo de quienes transgreden la ley de manera habitual, más desproporcionada nos parece, y con razón, la aplicación de las mismas garantías que a nosotros, acatadores habituales de la ley, no nos protegerán en la misma medida si alguna vez caemos en falta.
Dicho de otra manera, tenemos a personas sin empatía, con medios técnicos y económicos a su alcance y llenos de lo que una sociedad en condiciones jamás puede consentir que sienta una persona dispuesta a hacer su voluntad pasando por el libre albedrío e incluso la integridad física de otras personas: la certeza, real o ilusoria, de la impunidad. E incluso, yendo aún más lejos, la certeza de que, aún cuando les cojan, la pena que les será aplicada será relativamente leve, de manera que la satisfacción experimentada al realizar sus fantasías compensará largamente las molestias ocasionadas por el sistema legal y judicial. Que conste aquí que no estoy defendiendo la pena de muerte, ni la castración por medios más o menos dolorosos, ni el internamiento en aislamiento perpetuo, como he leído u oído referente a este caso. No podemos caer tan bajo, sobre todo aplicando la ley. Pero tampoco se debería poder mencionar ni siquiera la posibilidad, ni siquiera en boca de su abogado, de que, en un plazo relativamente breve se le ponga en libertad. Ha causado un daño terrible a varias personas, las ha privado de los derechos más básicos: el castigo no puede ser otro que el encierro de por vida. Y que no me digan que eso sólo puede ser si se prueba su responsabilidad en la muerte del séptimo hijo. Tan sólo el haber violado una sola vez a su hija, por no mencionar encerrarla a ella y a sus hijos-nietos, parte de los cuales le arrebató, debería bastar para que no saliera a la calle nunca más. Me estoy acordando del caso de Mari Luz. Lo que a mí me ha indignado, aparte del crimen en sí, claro, no es la tardanza en la ejecución de la sentencia, sino la sentencia en sí: veintidós meses por violar a su hija de cinco años. ¡Veintidós meses! Menos de dos años por truncar la vida que más obligado estaba a proteger. ¿Cómo vamos a extrañarnos de que volviera a cometer esos crímenes una y otra vez? ¡Si el castigo era de chiste!
Así que menos llevarnos las manos a la cabeza y luego usarlas para señalar a esos individuos llamándoles monstruos: lo son, pero en el sentido que necesitaron creerse dioses para estar bien consigo mismos, y nuestras sociedades sí tienen su parte de culpa por la presión y la frialdad a la que someten a los individuos. De todos los que nacemos, es obvio que algunos desarrollarán esa estrategia de defensa y no los detectamos a tiempo ni les detenemos cuando ya les hemos detectado.
No sé si se puede evitar que el sueño del orden social produzca monstruos, pero sí podemos tratar de entender porqué nacen, para así identificarlos primero y neutralizarlos de manera que causen el menor daño posible.

De dioses y monstruos (rollo macabeo) I

Bueno, hoy toca post serio tirando a disertación filosófica de salón. Normalmente suelo poner relatos de las rutas que hago por Cantabria con mis amigos o mis hermanos, pero esta vez la ruta va por un camino mucho menos agradable: el que discurre, nítido y a la vez tortuoso por la mente de ese infame al que los medios de comunicación se han apresurado a tildar, con demasiada ligereza en mi opinión, como el “monstruo de Amsttetel”.
¿Por qué digo que “con demasiada ligereza”? ¿Acaso lo que ha hecho no es monstruoso, luego hace un monstruo de él? Sí y no. Me explico: lo que ha hecho, con toda premeditación, lucidez, planificación y absoluta falta de compasión, se sale de los límites por los que debe discurrir lo que comúnmente llamamos humanidad. No hay para mí una pena suficiente en este mundo, o al menos una que al aplicarla no nos convierta a nosotros también en seres inhumanos, que pueda permitirle pagar por el crimen que ha cometido. Porque no sé si hay otro más horrendo que convertir a quienes tienes el deber de amar y cuidar en objetos cuya existencia se justifica única y exclusivamente por tu placer, tu capricho y tu soberana voluntad. Es la máxima traición a la condición humana.
Entonces, ¿por qué mi resistencia a llamarle “monstruo”, como hace todo el mundo? Porque es algo demasiado fácil y cómodo poner a ese ser una etiqueta, clasificarle como algo ajeno a nosotros, seres humanos que poseemos una adecuada dosis de empatía, y mirarle como si fuera una atracción de feria, una aberración con la que nada tenemos que ver.
¿Somos, pues, cómplices del horror? ¿Estamos ante algo que podríamos calificar como producto de la sociedad? No del todo, pero puede que por ahí vayan parte de los tiros.
En primer lugar, quede bien claro que mis argumentos jamás tenderán a justificar a ese señor. Repito: no tiene la menor excusa, ni atenuante, nada que impida privarle de su libertad en lo que le quede de vida. ¿Entonces? Entonces miremos a nuestro alrededor, o mejor dicho, alrededor de la sociedad en la que vivía. Veamos: bienestar económico, una sociedad ordenada, bien reglamentada, basada en sólidos valores cívicos e incluso religiosos, cultura a espuertas … ¿qué falla? Pues lo de siempre: nosotros.
En esa sociedad tan bien ordenada, tan próspera, ¿se fomentaba la intimidad entre los seres humanos, la comunicación, la alegría de vivir, el abrirse a los demás o por el contrario, se hacía de la autosuficiencia una bandera? ¿Estaba bien visto mostrar los sentimientos, mostrarse vulnerable o por el contrario el ideal era la impenetrabilidad, la máscara de cara a los demás? Y no hablo sólo de la sociedad austriaca, aunque en este caso sea la protagonista: de ella sabe mucho Elfriede Jelinek, premio Nobel de Literatura en 2004, a quien los propios austriacos no ven con buenos ojos, tal vez porque los suyos han visto con demasiada lucidez lo que hay detrás de la plácida fachada de riqueza y orden. Hablo de todas las sociedades en las que se castra la vida emocional del individuo en aras de la conveniencia, la excesiva racionalidad y el progreso económico: por ejemplo, no hace mucho leí que en la república báltica de Estonia (creo recordar que era Estonia) los niños eran educados para desarrollar una férrea imperturbabilidad, de manera que nadie, ni siquiera los seres más cercanos, sepan nunca lo que realmente piensan. Francamente, creo que no tardará mucho en salir a la luz en Estonia algún caso similar a los que se han destapado en Austria. También estoy pensando en la sociedad japonesa, pero si hay que hacer caso a Amèlie Nothomb (recomiendo “Estupor y temblores”) es poco probable que ese mal se desarrolle en Japón, ya que para ello es necesario tener un ego hiperdesarrollado, mientras que la sociedad japonesa está montada sobre la absoluta represión del ego.
Porque al fin estamos llegando al núcleo del asunto. No es sólo un sistema social castrante (al fin y al cabo todo sistema social lo es por pura necesidad) lo que produce este tipo de seres. Me temo que los humanos tenemos muchos fallos de diseño, sobre todo en la psiquis y no asimilamos del todo bien nuestra condición y nuestra situación en el universo. Somos los únicos seres, que sepamos, que se sienten a sí mismos como individuos totalmente desligados de lo que les rodea, lo cual es algo maravilloso, pero que también nos deja bastante desvalidos frente a un universo que no controlamos.
La mayoría, la inmensa mayoría nos las arreglamos pasablemente bien para superar ese pequeño inconveniente: desarrollamos una serie de valores y mecanismos que por una parte nos hacen ir en busca del afecto y el respeto de los demás y ofrecer el nuestro a cambio y por otra nos inhiben los comportamientos que harían daño a nuestros semejantes. Esos mecanismos pueden designarse con una palabra: empatía.
Luego, cuando fallan los controles internos, siempre podemos recurrir al peso de la ley y del castigo como elemento externo que nos disuade de herir a los que están a nuestro alrededor. Si una sociedad tiene un sistema legal claro y fuerte sus miembros pueden decir: “Uy, mejor no lo hago, porque si me pillan se me cae el pelo”
Por último, siempre cabe echar mano de la religión como algo que nos puede volver a conectar de alguna manera con el todo, aliviando nuestra angustia y desconsuelo.
Bueno, pues recapitulemos: tenemos una sociedad que no fomenta la calidez humana, arriesgándose a crear seres faltos de empatía emocional, aparentemente realizados, pero psíquicamente inválidos. Estos seres sienten una necesidad cada vez mayor, aunque en la mayoría de los casos muy soterrada, de convertirse en los dioses de su entorno más inmediato, pues su soledad es tal que sólo la pueden mitigar controlando de manera total, aunque sólo sea durante unos minutos, a otra persona. Sólo el disponer de una persona vulnerable y manipularla completamente a su antojo, sólo el convertirse en un dios de pacotilla, puede aliviar ese tremendo desamparo. Ahí cabría situar el crecimiento exponencial que ha experimentado la pedofilia entre individuos bien situados económicamente y que disponen de otras maneras mucho más civilizadas de saciar su apetito sexual. Pero es que no se trata de apetito sexual sin más: lo que se busca es el poder como antídoto a la consciencia de la propia insignificancia.