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martes, 24 de febrero de 2026

Fackham Hall

 


Sinopsis:

Un nuevo portero establece un vínculo extraño con la hija menor de una conocida familia británica, los Davenport, encabezada por Lord y Lady Davenport, que lidia con el desastre épico de la boda de su hija mayor con su primo, un mujeriego.


Los británicos han creado un género cinematográfico y televisivo: historias de época, sobre todo de los siglos XIX y principios del XX, donde contemplamos la oposición entre clases nobles y las clases humildes, al estilo de la mítica serie Arriba y abajo. Ahora el referente es Downton Abbey, la base de la parodia de esta película, hasta tal punto que algunos planos son calcados de la que toma por modelo. 

El cachondeo empieza ya por el nombre de la finca porque leída con el tono poco elevado de las clases inferiores suena a "fuck them all". A partir de ahí se sucede una serie de gags desternillantes, tanto físicos como con juegos de palabras cuya traducción al español veo dificilísima.



lunes, 4 de marzo de 2013

Movie 43



Sinopsis:
De las retorcidas mentes de los productores Peter Farrelly (Carta blanca, Amor ciego) y Charles Wessler (Algo pasa con Mary, Dos tontos muy tontos) llega Movie 43, una irreverente comedia cuyo reparto coral incluye algunos de los nombres más sonados de Hollywood. En Movie 43, una película no apta para todas las sensibilidades, se entrelazan historias chocantes o incluso perturbadoras, pero siempre divertidas, que hay que ver para creer.

Me la bajé porque aparte de Hugh Jackman salían Gerard Butler y una pléyade de estrellas del calibre de Naomi Watts, Halle Berry, Kate Winslet, Uma Thurman o Richard Gere, por mencionar unos cuantos. No entiendo cómo se dejaron convencer. Se pensarán que van de modernos o que es sano reírse de sí mismos o yo qué sé.


Iba avisada de que la serie de episodios que la componen usaban de sal gorda para condimentar el humor, pero no me imaginaba que el guiso fuese tan estomagante. Menuda sucesión de chistes escatológicos y sexuales, machistas y racistas, sin apenas gracia. De vez en cuando, algún destello de originalidad me hacía reír, lo que me causaba vergüenza de mí misma. Cómo será que el mismísimo Hugh Jackman puede resultar repulsivo y verlo dé ganas de vomitar. Tampoco es que Gerard salga muy favorecido, todo lo contrario, pero al menos no revuelve el estómago. Quizá por sus canas a Richard Gere lo han respetado físicamente, aunque mentalmente…


Ante tal engendro, a pesar de sus momentos efectivos, que los hay, no lo niego,  se me planteó una duda: ¿Será que con la edad me he vuelto conservadora y estoy muy mayor para entender y disfrutar de este tipo de humor? Tras reflexionar, llego a la conclusión de que no, que puedo reírme con gamberradas de mi época como Desmadre a la americana o Porky’s, no tan antiguas como Algo pasa con Mary (de los Farrelly, igual que esta) o más recientes como Resacón en Las Vegas, porque, en mayor o menor medida, son buenas comedias. Y Movie 43 no.


jueves, 28 de febrero de 2013

'Movie: The Movie 2V', la parodia que no se vio en los Oscar



Jimmy Kimmel es una especie de Buenafuente. Como por su programa de humor y entrevistas pasan los mejores, ha convencido a estrellas como Rachel Weisz, Armie Hammer, Topher Grace, Jessica Chastain, Jude Law, Gerard Butler, Bryan Cranston, John Krasinski, Oprah Winfrey, Bradley Cooper, Kerry Washington, Guillermo Rodriguez, Jason Schwartzman, Chris Rock, Salma Hayek, Bruno Mars, Amanda Seyfried, Channing Tatum, Samuel L. Jackson, Wolf Blitzer y Matt Damon a aparecer en una parodia de los megaéxitos hollywoodienses.

¿No deberían contactar los organizadores de los Oscar con el equipo de Kimmel para preparar uno de estos el año que viene? Podría ayudar a aumentar el número de risas en la gala; si algo le gusta a los aficionados al cine, es ver a las grandes estrellas de Hollywood riéndose de sí mismas. Y pronto os hablaré de otro ejemplo que no tiene tanta gracia como este.


miércoles, 1 de septiembre de 2010

LA CLAVE CASANOVA (Relato) - I (1)



LA CLAVE CASANOVA


Después del Código Da Vinci… después del Club Dante… después del Enigma Vivaldi, llega… ¡¡¡La clave Casanova!!! Una vez que se penetre en su tenebroso misterio, usted jamás volverá a ver el mundo con los mismos ojos. He aquí la conjura esotérica definitiva.


Nuestra historia comienza un brumoso y helado noviembre en la muy noble ciudad de Valladolid. Estamos en 1.949, en plena posguerra, en una España acosada por el hambre que se debate entre la miseria física e intelectual, que alcanza a casi todos los ciudadanos menos a unos pocos elegidos… como nuestro héroe.
En efecto, para Bernardo Minglanilla la guerra y sus consecuencias son algo que les pasa a los demás, como la vida en general. Tiene treinta y ocho años y se las ha arreglado para vivir muy cómodamente en la casa familiar, bien atendido por su complaciente madre y sus dos tías solteras, que le miman hasta la náusea. Su padre, en cambio, que es coronel en la reserva, apenas le habla, pues le considera un completo inútil. Bernardo tampoco se lo toma muy a pecho, ya que su padre también pasa olímpicamente de su madre y de esos dos viejos papagayos que viven a su costa. Por ello vive prácticamente enclaustrado en la parte superior del enorme piso, en una especie de desván donde se dedica a restaurar muebles antiguos y del que apenas baja salvo para comer y dormir. Y eso no siempre.
Total, que Bernardo es el rey de esa casa llena de elaborados visillos y tapetes en todas las superficies disponibles, que a su vez enmarcan la interminable legión de figuritas de porcelana que abarrotan los pesados muebles castellanos y de caoba. Su madre y sus tías le admiran y le consideran un sabio, pues estudia la carrera de Lenguas Muertas… desde hace casi veinte años. Se las apaña para ir aprobando una asignatura al año a trancas y a barrancas, y su escaso empeño por terminar la carrera y salir al mundo exterior pasa desapercibido entre las difíciles condiciones de la enseñanza universitaria de esa época (falta de instalaciones y de medios en general, profesores que desaparecen misteriosamente y de los que no se vuelve a saber…)
En el plano amoroso, sus necesidades están bien cubiertas: tiene una novia llamada Mari Puri, muchacha ella de buena familia, y llevan unos quince años de relaciones. Si bien en el trascurso de su noviazgo la niña llegó a estar bastante harta de lo mucho que se prolongaba esa situación de eterno cortejo (por llamar de algún modo a quedar los domingos después de misa y dar un paseo por la tarde) al final se dejó llevar por la inercia, lo mismo que su galán. Ni que decir tiene que sus relaciones discurren por los cauces de la más estricta decencia, pues no faltan ojos en el paseo, en el cine y en las cafeterías que están pendientes de los jóvenes y que tienen unas ideas muy definidas sobre lo que debe ser un noviazgo serio y formal. Claro que dichos ojos no alcanzan a penetrar los rojos cortinajes de los burdeles discretos y de buen tono a los que acude nuestro Bernardo en las escasas (¡uy, cuán escasas!) veces que el aguijón de la carne se hace notar.
Mas toda esa vida tan ordenada, que discurre por cauces sumamente lentos y previsibles, se va a ver trastocada de manera irremediable.
Y es que a Bernardo le queda una asignatura por aprobar para terminar toda la carrera: Criptografía, incluida en el plan de estudios sobre la absurda base de que era posible elaborar un código secreto para el ejército, como el Enigma de los alemanes, partiendo del cifrado de lenguas muertas, tal como se hizo desde el Renacimiento hasta principios del siglo XIX. Sin embargo, alguna cabeza pensante del Ministerio de Información se tragó el embolado que había preparado el rector de la universidad para que no suprimieran la carrera de Lenguas Muertas y ahora los licenciados con aptitudes pasaban a ser captados para trabajar en el (¡ejem!) Servicio de Inteligencia español. Pues bien, dicha asignatura era impartida desde hacía cuatro años por un misterioso personaje, un anciano profesor extranjero de rasgos austeros y perilla bien recortada, a juego con unos ojos que segaban todo lo que miraban. Nadie sabía de dónde había salido y lo único claro era que venía recomendado por peces muy gordos del Movimiento. Se llamaba Gunther Sachs, los estudiantes le llamaban Don Gundemaro y él no toleraba que en su presencia nadie se dirigiera a su persona de otra forma que no fuera “Herr Doktor”.
Pues bien, Don Gundemaro se había empeñado en catear a Bernardo y además sin razón aparente, pues su dominio de la criptografía caldea era unánimemente reconocido. Todos sus compañeros coincidían en que era un infeliz que no se enteraba de la misa a la media, pero no había cifrado que se le resistiera.
Una desapacible tarde de domingo en ese brumoso noviembre que mencionamos al principio, Bernardo recibe un telegrama urgente cuando está tomando el chocolate con su novia, su madre y sus tías en el salón de su casa, en medio de un silencio sólo roto por el continuo frotar de la lija sobre la madera, pues su padre está como siempre en el desván, lijando una mesa antigua especialmente rebelde. El telegrama es del Doktor en persona, solicitándole que se presente sin demora en su domicilio.
Pese a las protestas de las señoras, Bernardo sabe que no tiene más remedio que acudir, a ver si por fin le cae en gracia al granítico profesor y le aprueba esa última asignatura. Su deseo de acabar la carrera no viene motivado por ningún cambio en su perezosa actitud vital, sino por la discusión que ha tenido con su padre, o mejor dicho, que su padre ha tenido con él. El temido ultimátum ha caído como un rayo sobre su cabeza; o termina la carrera o termina en la calle. Ése y no otro era el motivo del sepulcral silencio que reinaba en el salón al llegar el telegrama.
Así pues, haciendo un esfuerzo sobrehumano por romper con su adorada rutina, se envuelve en su abrigo de fieltro, entre lacrimosas recomendaciones por parte de su madre para que se abrigue bien con la bufanda y sale a la calle como quien va destinado al frente del Ebro.
Casi una hora después llega al domicilio del profesor, una deteriorada, pero aún elegante mansión de estilo modernista que en su tiempo fue requisada a una adinerada familia de sospechosas simpatías políticas (hacia el bando de los alzados, en este caso) y que ahora le ha sido cedida como residencia por los poderes fácticos que le apadrinan. Una vez allí, es recibido por el Doktor en su atestada biblioteca y éste le propone un curioso trato: debe ir a Toledo, a casa de su estimado colega, el padre Juan de Dios, un jesuita navarro especializado en historia de la criptografía. El padre guarda un libro, un ejemplar sumamente valioso que le entregará en cuanto se encuentre con él en la Casa que la Orden tiene en Toledo. Si cumple este sencillo encargo con éxito, puede dar la asignatura por aprobada.
Horrorizado ante la idea de abandonar su querida ciudad natal, algo que no ha hecho desde que hizo una excursión a Fuensaldaña con los padres agustinos, en su época de escolar el pobre Bernardo no puede hacer otra cosa que acceder, asegurándole al Doctor que se pondrá en camino cualquier día de la semana siguiente. Esbozando una gélida sonrisa, el profesor le aclara secamente que ha de partir en ese mismo instante, pues dentro de unos minutos habrá un taxi en la puerta que le llevará a la estación de trenes, donde cogerá el tren correo que saldrá para Madrid a las 10 en punto. Bernardo está a punto de protestar, escandalizado por una premura que no forma parte de sus costumbres ni de su forma de ser, cuando es silenciado por la bocina de un coche, que pita insistentemente. Al asomarse a la ventana de la biblioteca comprueba, sorprendido, que es el mencionado taxi.
Un inquietante presentimiento embarga entonces el apoltronado espíritu de Bernardo, pues intuye vagamente la actuación de unas fuerzas ajenas a su control que le están empujando fuera de su bien ordenado mundo hacia quién sabe qué espantosa tempestad. Sin embargo, la racionalidad cotidiana, la autoridad que emana de la figura del profesor y la amenaza de la definitiva patada paterna acaban por imponerse y nuestro hombre vuelve a enfundarse en su abrigo, su bufanda y su paraguas para ir al encuentro del taxi… y de su aciago destino.

LA CLAVE CASANOVA (Relato) -- II






A continuación viene una frenética carrera por los vetustos tejados de Toledo, perseguido por los valerosos jesuitas. Bernardo, sin saber a ciencia cierta ni lo que hace ni lo que está pasando, corre y salta que se las pela, impulsado por el más ciego terror. En esto, uno de las techumbres falla y él cae dentro de una vieja casa. Al aterrizar aparatosamente, como tiene el brazo hacia arriba y la pistola aún en la mano, se le dispara el arma, lo cual hace que sus perseguidores, que están a punto de darle caza, reculen y se lo piensen antes de saltar por el agujero que se ha abierto. Como resulta que es un conjunto de casas abandonadas, comunicadas entre sí por un patio interior, como una corrala madrileña, Bernardo consigue llegar hasta la calle y dar esquinazo a sus perseguidores.
Exhausto y jadeante, perdido en una ciudad desconocida y tras haber pasado por una experiencia terrible, a Bernardo no se le ocurre nada mejor que volver al burdel donde ha estado horas atrás, descansar allí y luego ir a las autoridades para dar parte de lo que ha visto. No le cabe la menor duda de que creerán en su testimonio, ya que se darán cuenta de que es un buen ciudadano, de irreprochable familia de militares y no tardará en aclararse todo.
Entre sus nebulosos recuerdos y la información que le proporcionan un par de serenos con los que se encuentra, llega a la casa donde estaba ubicado el burdel. Para su sorpresa, hay cierto alboroto en el lugar: dos coches aparcados con pinta de ser de la policía, vecinos asomándose, curiosos en las aceras… Un oscuro instinto impulsa a Bernardo a utilizar la puerta trasera que le enseñó su agradable compañero de viaje en el tren. Cuando entra, ve que el jaleo es aún mayor que en la calle y, de repente, una de las chicas, vestida escasamente con su uniforme de trabajo y con el rímel cayéndole a chorros por la cara debido a las lágrimas, señala a Bernardo y empieza a gritar como una descosida. Nuestro protagonista se queda paralizado y, mientras el resto de las chicas huye en desbandada atropellándose unas a otras, deduce de los gritos y exclamaciones que Greta, la meretriz con la que él estuvo (y a quien dejó llena de fastidio, pero en excelente estado de salud), ha sido brutalmente asesinada.
Cuando los policías se dirigen hacia donde proceden los gritos, se tropiezan con las chicas que huyen en dirección contraria, lo cual le da a Bernardo unos preciosos segundos para recuperarse y salir como alma que lleva el diablo por la misma puerta trasera por la que ha entrado.
Empieza así una agitada noche en Toledo, pues los jesuitas por una parte y los policías por otra buscan frenéticamente a Bernardo, quien consigue encontrar refugio en una pequeña bodega abandonada en las ruinas de una casa bombardeada. Tras dormir unas pocas y agitadas horas, por fin tiene oportunidad de examinar cuidadosamente el libro cuya entrega se le ha confiado. Más que nada lo hace para calmar sus exhaustos nervios, ya que los libros son para él algo familiar y tranquilizador, ajeno al desbarajuste en que se ha convertido su vida en las últimas horas.
El libro en cuestión se titula “Sobre el corazón de las mujeres”, y su autor es nada menos que el mismísimo Giacomo Casanova. Al estudiar su portada, ve que no figura ni el impresor ni el editor, aunque en el preámbulo se menciona que ha sido escrito durante la estancia en España del empedernido conquistador. Su propósito, según confiesa él mismo, es dejar ese librito impreso de manera artesanal y clandestina para instrucción de algunos nobles amigos españoles, cuyos conocimientos en materia amatoria, debido a su rígida educación religiosa, son tan burdos que se compadece de ellos y de las infortunadas damas españolas, a las que ha encontrado harto necesitadas en este sentido.
Con el corazón palpitante, Bernardo va pasando las páginas y comprende por qué sólo se ha impreso un ejemplar y además de manera clandestina. Allí están consignadas de manera exhaustiva las técnicas sexuales que permiten de manera infalible proporcionar un increíble placer a las mujeres, hasta el punto, si se ha de dar crédito al presuntuoso autor, de hacerles perder en ocasiones el conocimiento y de ligar su voluntad de manera definitiva, lo cual, confiesa en un párrafo, es a veces más molesto que gratificante.
Excepto si se sabe cómo utilizar eso para otros fines.