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Sinopsis: Conoce de cerca la valiente lucha contra el cáncer del actor Andy Whitfield, diagnosticado con la enfermedad mientras protagonizaba "Spartacus: Sangre y arena".
Aquí os conté el impacto que me supuso la primera temporada de la serie Spartacus, así como su protagonista Andy Whitfield. Ya entonces mencioné que padecía un linfoma y le deseaba una pronta recuperación. Por desgracia, no fue así y falleció tras apenas un año.
Este documental recoge los últimos meses de vida del actor, cómo se enfrentó al diagnóstico del cáncer y a los distintos tratamientos. Junto a su esposa y sus dos niños lo vemos evolucionar de la esperanza al desánimo según las noticias de los médicos en el avance de la enfermedad. Por si no fuera lo bastante duro, no me explico de dónde sacaban las fuerzas para dirigirse a la cámara y comentar en voz alta sus sentimientos.
Conforme avanza el documental, la congoja de Andy es la nuestra, agravada porque sabemos que su deseo de curación no se cumplirá. Se me encogía el corazón viéndolo tan guapo, tan joven, tan buena persona, esposo y padre. Qué enfermedad tan cruel, que se lleva a tantos seres queridos, sin distinción de edad, sexo o procedencia.
A pesar del dolor, creo que Andy Whitfield habria querido que nos quedásemos con el lema que llevaba tatuado y que da título al documental: Be Here Now.
Viendo la peli de Jack Reacher, me devanaba los sesos, en vano, intentando recordar dónde había visto antes al malo joven, un armario ropero tras cuya pinta de brutote intuí que me había caído bien en otra ocasión, que esos ojos azules me habían conmovido antes.
Cuando llegué a casa, me fui de cabeza a San Google y me resolvió el misterio: el australiano Jai Courtney fue Varro, el de los ricitos de oro que hubo de morir a manos de su buen amigo Spartacus. Qué agridulces recuerdos. Qué lástima que su compañero Andy Whitfield ya no esté entre nosotros.
Creo que Jai no tardará en ganar popularidad pues hace de hijo de Bruce Willis en La Jungla 5 titulada Un buen día para morir.
Una mala noticia para empezar la semana: el fallecimiento del actor Andy Whitfield, del que alguna vez os había hablado por aquí.
Qué lástima de vida truncada. Descansa en paz, Andy.
El actor australiano Andy Whitfield, estrella de la serie de televisión "Spartacus: Blood And Sand" (Espartaco: Sangre y arena) murió a causa de un linfoma no-Hodgkin, una forma de cáncer, informaron hoy medios locales.
Whitfield, de 39 años falleció "en una mañana soleada de domingo en Sídney", según un comunicado de prensa divulgado por la radio local ABC.
Junto a la estrella de la serie televisiva, estuvo su esposa Vashti, quien le describió como "un joven y hermoso guerrero", agregó el comunicado.
Whitfield, nació en Gales (Reino Unido) pero residió gran parte de su vida en Australia y era prácticamente un desconocido cuando se presentó para el papel de Espartaco, una serie que se hizo popular por las escenas de violencia y sexualidad.
El actor se preparaba para su segunda temporada cuando hace 18 meses le diagnosticaron la enfermedad, por lo que fue reemplazado en el papel de héroe a principios de año por su colega y compatriota, Liam McIntyre.
Esta noche llega a Cuatro en abierto un doble capítulo de una serie de conspiraciones, traiciones, alianzas y pasión. Esta ficción de Starz relata la historia de un esclavo tracio, Spartacus (¿por qué no lo llaman Espartaco, como toda la vida se ha dicho?), que se ve obligado a convertirse en gladiador para poder sobrevivir en un entorno muy hostil.
Es una serie que, para bien o para mal, no deja indiferente: o entusiasma o causa repulsa. Hay quien la ha calificado de “juguete erótico-violento-casposo-infográfico”. No estoy de acuerdo, pero mi opinión es una de tantas. No os la voy a recomendar encarecidamente porque no tenéis obligación de compartir mis gustos. Aviso que es para estómagos fuertes por su uso, para muchos excesivo, de escenas violentas y sexuales. También es verdad que ese reclamo declina a partir del cuarto o quinto capítulo cuando la trama adquiere mayor interés.
Hay que añadir, además, que estuvo en el centro mediático tras conocerse que su protagonista Andy Whitfield padecía cáncer, hecho que le ha conllevado a abandonar la serie tras su primera temporada y ser sustituido por Liam McIntyre. Una lástima pues Andy está espléndido, ajustadísimo al papel.
Si os animáis a verla, ya me contaréis. De momento, estoy viendo Spartacus: Gods of the arena, su precuela, donde se cuenta el origen de los personajes. En cuanto acabe os hablaré más de ella.
Sinopsis: La serie trata de las desventuras de Espartaco, un soldado tracio de las tropas auxiliares de Roma que tras desafiar al legado Claudius Glaber es sentenciado a morir como gladiador en la arena. Pero su destreza le hace sobrevivir a una muerte segura venciendo a cuatro gladiadores y su pena es conmutada por la esclavitud, siendo adquirido por Batiatus para ser entrenado como gladiador de su ludus.
He visto online una serie que, para vergüenza mía, me ha tenido enganchada: Espartaco: sangre y arena. Intento hacer memoria de qué me motivó a ver el primer episodio y no logro acordarme. Estuve a punto de no terminarlo, estremecida por la cantidad de sangre y violencia concentrada. Puedo asegurar sin miedo a equivocarme que es la serie más sangrienta que he visto en toda mi vida, tanto que creo que hasta me salpicó. Se suceden las peleas a muerte con cortes, mutilaciones y arterias expulsando sangre a chorro en plan surtidor, casi siempre maximizadas en cámara lenta, y todo es tan coreográficamente sangriento que una y otra vez hay que apartar los ojos de la pantalla, a no ser que se disfrute con el gore –que no es mi caso-. Para colmo, lo retocada que nos llega la imagen; muchos de los fondos están generados con 3D y esto les permite ahorrarse tener que construir un coliseo, además de facilitar la coloración marrón y oscura de la serie con una constante persistencia de cielos altamente dramáticos. Todo junto recuerda mucho a la estética de 300.
Pasaron unas semanas en que me olvidé de la serie, pero no hace mucho me volví a acordar y le di una oportunidad al segundo episodio. Esta vez me atrapó más, quizá tuviese que ver que al actor le cortaron el pelucón que llevaba y está más apetitoso con el pelito corto como veis en las fotos. Andy Whitfield es el encargado de meterse en la piel del principal personaje de la serie, quien lo define como “una bestia con corazón” y un fuego que lo consume por dentro. Se trata de un conocido actor en Australia, nacido en el Reino Unido, 36 años, 1,80, al que me suena haberlo visto en campañas publicitarias. Adjunto fotos para que veáis el calibre del bellezón. El muchacho ya está casado y con dos niños, cosa que le perdono, magnánima que es una. Documentándome sobre su persona, he leído que Andy fue diagnosticado con un linfoma de no-Hodgkin en fase 1 el pasado mes de marzo. Esta situación forzó a aplazar el rodaje de la segunda temporada de la serie. Al parecer, gracias a Dios, ha superado el cáncer y tan pronto restablezca su forma física se pondrá manos a la obra.
Los actores, no nos engañemos, no son un prodigio de interpretación; tampoco los diálogos, bastante simples, les ayudan a brillar. Pero, para mi vergüenza, se trata de cuerpos gloriosos que no dudan en mostrar, tanto ellos como ellas. Abunda el sexo, tan explícito que no recuerdo una producción americana con estos grados de desnudez –incluso actores masculinos se prestan a desnudos frontales-. Posiblemente la carne sea una de las razones más populares para ver esta serie. Incluso hay una pareja homosexual de gladiadores. En el recuerdo quedarán sus besos apasionados y un par de escenas mirando pa’ Cuenca que me dejaron ojiplática al principio, porque no me las imaginaba en una serie tan de machos, tan rezumante de testosterona, tan a priori destinada al público masculino heterosexual. Me congratula que no dejen palo por tocar.
Además de cochina, al estilo de esas series B de los ochenta en las que todas las actrices enseñaban las tetas, es probablemente la serie más rara vista por la pequeña pantalla en tiempos. A pesar de su exceso en casi todo, ha prorrogado por una segunda temporada. Tal vez porque es un insulto a la inteligencia pero un halago a nuestro instinto animal perturbadora y peligrosamente adictivo.
Con vergüenza o sin ella, admito a los cuatro vientos que me ha entusiasmado. A medida que la trama avanzaba, el componente sexual iba disminuyendo, pasando a un plano secundario. Los últimos capítulos, con tantas intrigas, pasiones, traiciones, asesinatos y demás, fueron espléndidos. Sin saber si compartiréis mi gusto, no dudo en recomendárosla.