domingo, 4 de septiembre de 2016

La noche se llama Olalla




Sinopsis:
«En agosto falleció mi hija. Se llamaba Olalla y estaba a punto de cumplir veinte años. La policía dijo que fue un accidente de tráfico...»
El diario de la joven Olalla parece indicar que fue drogada y violada... Ese año 2012 fue sangriento y apocalíptico, a pesar de que no acabó el mundo. Fue también el año del Costa Concordia, de los terroristas solitarios, de los asesinos compulsivos y, además, el año más maldito de Olalla, el personaje que flota como un destino y una atmósfera a lo largo de esta novela. La detective Ágata Blanc lleva a cabo su investigación en un Madrid decadente que la conducirá a límites que no imaginaba y que la enfrentará a extrañas dimensiones de la vida y de la muerte.

La novela, como espejo más o menos fiel a la realidad, no podía eludir la crisis que golpeó España la década pasada y las secuelas que seguimos sufriendo derivadas de ella. En ese marco de corrupción y desahucios, las taras humanas se agravan y hay quienes lo aprovechan para la búsqueda incesante del placer sexual, las drogas, las pérdidas de conciencia y el machaque del más débil. Se plantea el dilema moral de si hay que respetar a los verdugos cuando la posibilidad de venganza está al alcance de la mano. Puede que no estéis de acuerdo conmigo si afirmo que no.
Novela entretenida y no muy extensa, apropiada para leer en la calle en las tardes de verano.

1 comentario:

carolina dijo...

Respecto al dilema que planteas (y que aparece en esa novela con tan buena pinta), mi respuesta se mantiene de momento inalterada a través de los años: se debe, en principio, recurrir a la justicia ordinaria y la legalidad; pero si éstas, bien por tecnicismos absurdos, bien por corrupción pura y dura, se muestran incapaces de dar el correspondiente castigo, permitiendo al perpetrador sentirse impune e ir a por su siguiente víctima, entonces la persona víctima del atropello retoma el poder de usar la violencia, ese poder del que todos nos desprendemos en favor del Estado cuando nacemos en sociedades presuntamente civilizadas.
Ese poder "retomado", es a su vez un derecho moral, no una obligación. Podemos elegir el perdón, de manera que continuamos con nuestra vida y evitamos causar daños colaterales, pues las venganzas, una vez desatadas, son difíciles de controlar aun en el mejor de los casos.
Ahora bien, ¿es el perdón, necesariamente, una actitud moral "superior" al que decide tomar venganza para castigar al que hizo un daño terrible a un inocente, sin más causa que el verse en situación de poder hacerlo? Por mi parte, lo dudo.