miércoles, 13 de febrero de 2008

Días de ferrocarril


Hola a toda la gente del blog y feliz día de los enamorados por adelantado. Quería contaros que el pasado fin de semana he tenido la incomparable experiencia de pasar la Meseta en algo que no tarda siete horas en hacer el recorrido Santander-Madrid y cuyo sitio hubiera sido el museo (de arqueología industrial) Sí, amigos, adiós a esos entrañables cacharros que podías acompañar andando junto a las vías ¡Hemos dejado atrás el siglo XIX y entramos en pleno siglo XX!
Todavía me acuerdo del trayecto nocturno que hice yo pocos años ha, por el que me clavaron 4.000 y pico cucas de las de entonces (el bus valía unas 2.000 y pico) Iba a Aguilar de Campoo, pues era la parada más cercana que había a Cervera de Pisuerga, donde mi amiga Marisol tiene una casa familiar a la que me había invitado para pasar el fin de semana. Para aprovechar mejor el tiempo, yo, ingenua de mí, saqué el billete del trayecto nocturno en primera.
¡Je, primera, qué riiiisa! Un frío que te pelabas, asientos duros sin respaldo para la cabeza, dos horitas de parada reglamentaria en Valladolid (en pleno febrero, de 2 a 4 de la mañana, by the face) unas chicas que estaban montando un fiestuqui en el vagón mientras yo intentaba conciliar en sueño como podía arrebujada en mi abrigo largo… Luego, todo lo contrario, unos ojos como de buho y la nariz aplastada contra el cristal para ver si conseguía discernir a media luz la parada correspondiente, pues nadie lo anunciaba y bien podía pasarme, con lo cual menuda broma para mí y también para mi amiga, que se tenía que pegar un madrugón de campeonato para recogerme y llevarme a Cervera. Y claro, todo el tiempo yo me decía: “Pues menos mal que se me ocurrió sacar el billete de primera, porque si llego a sacar el de turista, menuda la lío.” En fin, total, que gracias a dejarme las pestañas legañosas junto a la ventanilla y a preguntar a un chaval muy amable que gracias al cielo iba también a Aguilar, me apeé en la parada correcta y todo salió bien. ¡Ah, qué historias no se podrían contar de esos trenes!
Ahora, supongo que para cerrar la boca a nuestro ínclito presidente Revilla y que deje de dar la vara con eso del AVE, nos han puesto unos trenecitos muy monos (los Alvia) que a falta de alta velocidad desarrollan una velocidad media (en teoría, porque empuje, lo que es empuje yo no sentí ná) pero llegan en unas asombrosas ¡cuatro horas! a Madrid. Más gordas no las hemos visto. Además, incorporan lujos asiáticos tales como asientos razonablemente mullidos con reposacabezas, auriculares gratis para escuchar los canales de música (¡pshhhh!) o el deuvedé que pongan (¡pshhhh! al cuadrado, pero bueno), baños (no agujeros que dan directamente a la vía, fíjate), ding-dong para anunciar las paradas y cafetería para tomar un tentempié y que te den el correspondiente sablazo. En resumen, que Cantabria ha entrado por fin en la modernidad en lo que a las comunicaciones por ferrocarril se refiere. Gratia Deo et gratia Revillae.

3 comentarios:

Mari Pau dijo...

Carolina, en mis tiempos prehistóricos hice un viaje Alicante-Barcelona en un tren infernal que me dije que jamás de los jamases montaba otra vez en él. Era como esos de las películas del oeste, cabinas con dos bancos paralelos más tiesos y duros que la mojama. Más de ocho o nueve horas de viaje martirizante. Qué noche la de aquel día...

carolina dijo...

¡No me digas, Mari Pau! ¿Y había paisanos que llevaban diversos animales domésticos, como salen en las pelis del Oeste o como en las de ahora cuando se sitúan en escenarios de latinoamérica? Te lo digo porque un chico que fue profesor mío de inglés en una academia relató un viaje muy parecido al que tú me describes, con el aditamento de unos pavos chorreantes de moco.
En fin, es la España de Paco Martínez Soria, que va desapareciendo para bien y para mal en algunas cosas.
En cuanto a esos trenes traqueteantes y birriosos, ¡Requiescat in pacem! (Jo, qué día tengo hoy con los latines, válgame)

Mari Pau dijo...

No, no había gallinas, estaba practicamente vacío. Claro, quién iba a querer montarse en semejante trasto. Y yo, incauta, caí porque era la mitad de barato que el Talgo. Cuánto que me arrepentí. Era muy jovencita, no trabajaba, estudiaba y por ahorrar... Pero si lo hubiese sabido, con un més de privarme de ir a ca la Pepa(quiosco de premsa, libros y revistas dónde yo me dejaba muchos dineros), ya hubiera tenido más que suficiente para pagarme un billete en un tren presentable. Pero ya te digo, una y no más. Desde entonces soy elitista y me subo en lo mejor, que mis huesos no están para bromas!