Ver esta ilustración (desconozco la autoría, lo
siento) me recordó a una pequeña
discusión que tuve con una amiga respecto a lo siguiente. Una de las chicas del
grupo que cantaba en el concierto del pasado sábado en un momento dado se quitó
una sobrefalda y se quedó con unos pantalones ajustados a medio muslo, que le
marcaban la generosidad de sus caderas y sus piernas. Mi amiga comentaba que no
le favorecía en absoluto, que debería haberse dejado puesta la falda porque así
habría disimulado ese defecto suyo; que la mayor parte de la belleza residía en
potenciar nuestros mejores puntos y disimular los menos favorecidos.
Quizá en
otro momento habría estado de acuerdo con su afirmación, pero esta vez me rebelé.
Esa chica, joven, se veía bien y se sentía feliz en ese atuendo, ¿quiénes somos
nosotras para decirle lo contrario? Ya está bien de la tiranía de la belleza.
Hay que dejar a la gente que sea feliz con sus cuerpos, con sus lorzas si las
hubiere, siempre y cuando se vean acompañados de salud, cosa que no parecía
faltarle, porque cantaba y bailaba que se las pelaba la muchacha.
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