viernes, 9 de julio de 2010

DE POLITICAE PULPORUMQUE


He venido observando que, de unos días a esta parte, se alzan voces apoyando la candidatura del famoso pulpo Paul para ejercer la presidencia del Gobierno, basándose en que parece tener muchas más dotes de clarividencia que nuestro actual Presidente.
Es difícil negar un argumento de tal peso; igualmente, cuesta mucho rebatir la afirmación de que un cefalópodo no lo haría mucho peor que el Sr. Zapatero. No obstante, tras darle muchas vueltas al asunto, he de sostener que yo no lo tengo tan claro.
En primer lugar, dudo que sea correcta la afirmación de que, cuando menos, nos saldría mucho más barato. Hemos de tener en cuenta de que, para expresar su previsión acerca de algo, el medio de comunicación que utiliza Paul no es otro que zamparse una ostra. Si consideramos la cantidad de decisiones y debates que se sostienen en la jefatura de un Estado complejo, no es difícil hacerse una idea de la enorme cantidad de ostras que consumiría el hipotético presidente Paul. Al precio que van las ostras, así como otros tipos de marisco susceptibles de ser utilizados en las tomas de decisiones, nos saldría por un pico.
En segundo lugar, sabemos que el poder corrompe y aviva la eterna codicia que alberga toda forma de vida para tener siempre más. No me sorprendería que, una vez llegado al poder, el hoy relativamente frugal Paul se subiría la ración de ostras y mariscos que necesita para hacer su trabajo. Es más, no le veo sustituyendo las ostras por mejillones por aquello de la solidaridad ante la crisis y los recortes, ni creo que cambiase las gambas por navajas. Probablemente, una de las primeras cosas que haría sería redecorar el acuario presidencial con variedades exóticas de coral de arrecife caribeño. Y así entraríamos en una dinámica que ya conocemos bien: estamos en Consejo de Ministros, “¿se aprueba el Estatuto Fiscal de Cataluña?” Respuesta: “sí” - venga una langostita al buche - “¿habrá Pacto de Estado contra el terrorismo? Respuesta: “sí” – una buena ración de percebes entre pecho y espalda - ¿llegará el AVE a Cantabria? Respuesta: “no” – un bote de anchoas que se jamaría nuestro querido presidente de ocho brazos. En resumen, cuantas más decisiones, más engulliría y más engordaría, con lo cual podría darse el caso de empezar eligiendo presidente a un simpático pulpo y encontrarte no mucho después con que se ha convertido en el monstruo de “20.000 leguas de viaje submarino”. De ahí al mítico Leviatán de Hobbes sólo habría un paso.
Otro punto que habría que tener en cuenta es que el mismo principio que hemos usado para cambiar a un presidente de otra especie también valdría para los ministros y sus asesores. Y que la evolución puede ser similar, con lo cual nos costaría un pastizal mantener el Gobierno. Así pues, que conste que yo no tengo nada en contra de tener un gobierno de cefalópodos; es más, si consideramos la palabra “cefalópodo” en su significado literal, esto es, “la cabeza en los pies”, hay que admitir que no notaríamos una gran diferencia entre los actuales y los hipotéticos. Sólo digo que estas cosas hay que pensárselas bien y no dejarse llevar por la comprensible euforia del momento. En política a veces ocurre que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Si elevamos al poder a una casta de octópodos, hemos de tener bien claro que aunque lo hagan mal nadie les podrá quitar lo que han tragado y engullido cuando mandaban, mientras que ahora… ehh… ahora…
Bueno, supongo que los de ahora, como sólo tienen dos brazos, arramblarán con menos, ¿verdad? ¿Verdad?

1 comentario:

Conchi dijo...

Tus razones son válidas, Carolina, pero no descartaría la idea de un pulpo como presidente. Si falla, no hay que esperar cuatro años para darle martillazos, cortarlo en rodajas, hervirlo, echarle pimentón y aceite, y convertirlo en un delicioso plato de pulpo a la gallega.