miércoles, 9 de septiembre de 2009

PERDIENDO LOS PAPELES II


Bueno, ya me he despachado con el primer caso; ahora viene el segundo. Es aún peor, aunque más cotidiano y enmarcado en el folklore patrio. Pues es bien cierto que, de vez en cuando, nos desayunamos con la noticia de que cierta documentación privada, valiosa e incluso secreta, aparece en tal o cual basurero o inmueble abandonado. Aunque los archivos quedan un poco al margen de mi actividad (soy bibliotecaria) y no sé a ciencia cierta cuál, de la ingente documentación que generamos, merece ser conservada en un archivo, sé de buena tinta que existen aparatitos mediante los cuáles se pueden destruir los documentos privados o secretos que no van a ser guardados para la posteridad. Y qué decir de las humildes pero efectivas cerillas… Lo que no entiendo es que se abandonen los papeles como quien tira un televisor viejo, con el riesgo de que caigan en manos indeseadas e incluso indeseables.
En el caso que nos ocupa, cabe la posibilidad de que fuera aún mayor el riesgo de que tales documentos fueran vistos por los ojos adecuados, o sea, los del juez que está investigando las prácticas un tanto heterodoxas del ayuntamiento de Castro Urdiales, donde el señor Muguruza face y desface tuertos, cojos, ciegos y mudos. Sin duda, al ponerse un poco seria la investigación judicial, el señor alcalde ha decidido que llegó la hora de facer también desmemoriados, relegando al olvido cuanta prueba documental comprometedora pueda haber. Estamos hablando, y cito textualmente al periódico donde aparece la noticia, de “precontratos de personal, actas de comisiones de gobierno, libros de contabilidad sellados por el Juzgado, convenios con entidades bancarias, cartas de Caja Cantabria…” Casi nada.
Vamos a ver, señor alcalde, yo entiendo que la política municipal, como gran parte de la política, no es más que un muladar donde tarde o temprano uno se empuerca hasta las pestañas, con mayor o menor entusiasmo o beneficio personal. Vale, es de personas de mundo ser conscientes de eso, pero permítame que le diga que la gente simpatiza más con un chanchullero que con un chapucero. Mire a Berlusconi, por ejemplo: está más imputado que un alto cargo del III Reich en los juicios de Nuremberg, se pone ciego a fiestas con chavalinas y farlopa, y ahí le tiene, tan pimpante. ¿Por qué? Porque hace desaparecer las pruebas y, cuando no puede, va a la sastrería parlamentaria y se corta una ley a su medida. Ya sé que usted se mueve a otro nivel, tanto en lo que se refiere a fiestas decadentes como a malabarismos legales, pero, por favor, si no puede evitar que la ley le persiga, haga desaparecer las pruebas como es debido, hombre. Convierta los documentos en fideos de papel o pégueles el cerillazo, pero no deje que los abandonen en una escombrera a la buena de Dios, que siempre existe el riesgo de que algún alma de cántaro los encuentre y dé parte (o todos, vaya usted a saber) a la autoridad más o menos competente.
Me parece que ya va siendo hora de que asumamos que, si bien el viento se lleva las palabras y los papeles tirados, con estos últimos nunca se puede estar seguro de que, volando, volando, caigan en las manos que menos nos interesa.

1 comentario:

Unknown dijo...

La mayoría de nuestros políticos dan vergüenza, estoy segura de que en muchos ayuntamientos pasa lo mismo, la documentación no se archiva y algunos datos importantes se tiran por ahí. Lo malo es que la culpa la tenemos nosotros, por seguir votando a los mismos, porque, digo yo, si les castigáramos de vez en cuando, cambiaría algo su actitud.