martes, 6 de febrero de 2018

Gala de los Goya




En estos días se cumplen tres años de mi hospitalización cuando estuve tan grave. Coincidió la ceremonia de entrega de los Goya. De hecho, recuerdo que la presentación de Dani Rovira provocó mis primeras sonrisas tras más de una semana de reclusión  hospitalaria. Los que tanto criticaron su labor en años sucesivos se habrán tragado sus palabras al ver los anfitriones de la gala del sábado, Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes. Qué desastre. Sus monólogos no despertaban las risas de los asistentes ni tampoco las de los televidentes. Los sketches grabados, aparte de carecer de gracia, ralentizaban la gala, ya de por sí pesada. Los humoristas de Muchachada Nui tienen su público, la mar de respetable, pero no coincide con el espectador de eventos así. 


Las justas reivindicaciones por una mayor presencia de las mujeres en la cinematografía parecían metidas con calzador, con escasas excepciones. Lo definió Leticia Dolera con solo 6 palabras: “un campo de nabos feminista precioso” Hasta tal punto no surtieron efecto que los medios al día siguiente continuaban comentando los modelitos de las actrices, como si no hubiesen entendido nada de lo que se reivindicaba. Penoso.


En cuanto a los premiados, la mayoría fueron para películas que no he visto, como Handia, Estiu 1993 (de la que aquí en el blog han hablado fatal), La librería (me apetece verla) o El autor.

En resumen, un cansancio de más de tres horas de programa que no será recordado por su excelencia. A Dios pongo por testigo que, si el año que viene repiten los presentadores chanantes, no los pienso ver. A tenor de las críticas recibidas, dudo que vuelvan a contar con ellos.


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