martes, 21 de julio de 2009

LA CIMA DEL MUNDO II


Alguien está subiendo. Por las escaleras.
Transcurre una era geológica completa cuando por fin el jadeo da paso a una figura, que se apoya pesadamente en el umbral para recuperar el aliento. No puede verlo, pues está de espaldas a él, pero esta noche no necesita los ojos, los oídos, ninguno de sus sentidos. Aun así, está tan abierto al universo, que el conocimiento penetra en él, lo quiera o no.
- He venido a buscarte, Chandra – dice la figura – Soy Ismail, Ismail Rachpatan, no sé si te acordarás de mí. Estuvimos juntos hace dos años, entre el piso trescientos y el quinientos veinte.
Se acuerda. Por supuesto que se acuerda. Fue uno de los últimos contactos asiduos que tuvo antes de quedar aislado en la cima. Un paquistaní con malas pulgas, pero buen trabajador. Pero no se vuelve hacia él. Precisamente porque ha sido compañero de ese hombre quiere ahorrarle la vergüenza de que vea las lágrimas que se huelen en su voz.
- Chandra, no sé cómo explicarte esto, yo mismo apenas lo entiendo… Ni entiendo cómo hemos aguantado como perros todo este tiempo – se para el tiempo suficiente para ahogar un sollozo y reúne fuerzas para continuar – Primero nos dijeron que el consorcio… que las empresas… bueno, como quiera que se diga; que los jefes estaban pasando apuros de dinero, pero que continuáramos con la obra, que ya lo solucionarían. Nosotros les creímos. Hasta ahora siempre nos habían pagado. Eso fue hace casi cinco meses… cinco meses sin sueldo. Nos las hemos arreglado como hemos podido, confiando siempre en las promesas que nos hacían. Seguid, nos decían, los jefes lo arreglarán todo; además, nosotros estamos a medio sueldo, todos estamos en el mismo barco… En el mismo barco. Que Alá confunda sus lenguas mentirosas. No te avisamos porque pensábamos que las cosas se arreglarían y que todos cobraríamos lo que se nos debía. Y ahora…
Le cuesta hablar cada vez más. Por lo visto, lo que tiene que decir es aún peor. De alguna manera, él lo presiente, y quisiera arrancarse las orejas para no poder oírlo.
- Chandra… lo hemos sabido hoy. La empresa está en quiebra y no va a pagarnos. Por lo visto, uno de los jefes ha huido con el dinero que quedaba a uno de esos sitios donde la ley no puede perseguir a los estafadores. Un paraíso fiscal, creo que lo llaman. ¿Sabes cómo nos hemos enterado? Porque han cortado la luz. Deben un montón de dinero a la compañía eléctrica. Y luego, uno de los nuestros ha escapado de los barracones de los trabajadores y ha conseguido ponerse en contacto con su familia. Ya sabes que no nos dejan mandar ni recibir cartas desde hace unos meses, y mucho menos correos electrónicos de esos. Ahora sabemos porqué. Te acordarás que era obligatorio mandar el dinero a nuestras familias a través de la empresa; pues han estado desviándolo para utilizarlo en no sé qué operaciones de bolsa y lo han perdido. Desde hace varios meses no les llega nada. Sólo entonces, al enterarnos de eso, hemos protestado. No duró mucho, pues enseguida han enviado al ejército para que nos calle a base de mano dura. Pero lo que me quema es pensar que durante estos meses nos hemos quedado aquí, trabajando como perros. Pero está bien. Es lógico que nos traten como a perros, porque nos hemos portado como tales, sin levantar la cabeza cuando debimos haberles abandonado al primer impago. Y si nadie nos contrataba, tal como amenazaban cuando hablábamos de irnos, haberles cortado el pescuezo y al menos morir como hombres. Haberles rajado ¡¡¡así!!... y ¡¡¡así!!!
Los movimientos del hombre son convulsos, dominados por la rabia y la impotencia. Luego, se tranquiliza, respirando pesadamente, como si aún estuviera subiendo por la infinita escalera.
- Vámonos, Chandra – dice por fin – No sé si podremos encontrar otro trabajo, pues parece que está pasando lo mismo en la mayoría de los edificios que estaban construyendo, pero ya saldrá algo. Alá misericordioso proveerá. Lo importante es irnos de esta torre maldita.
No dice nada. Permanece, mudo, inmóvil, con la mirada perdida en el punto mágico donde se unen cielo y tierra, arriba y abajo en un único río que conduce a la salida de la rueda, al fin de las reencarnaciones, a la bienaventuranza. Apenas percibe cuando, con un sonoro suspiro, el hombre da media vuelta y comienza a descender.
Él no bajará. No ha terminado aún su trabajo, así que no descenderá por el montacargas. “Bueno, piensa confusamente, ahora el montacargas no funciona, así que tendría que hacerlo por las escaleras”. Setecientos pisos, miles de escalones, millones de golpes en su corazón. No, no pasará por eso.
Al contrario, él ascenderá. Más alto aún de lo que ya estaba, porque siente tan cerca el cielo estrellado que puede tocarlo con los dedos. Además, el mundo ha dado un vuelco sobre sí mismo y de repente se ve incapaz de diferenciar arriba y abajo. Al fin y al cabo, ¿qué importa? Lo único que importa es escapar, escapar de la rueda, escapar de lo que encontraría si regresara a Bombay, donde su mujer enferma y su hijo lleno de esperanzas han quedado abandonados a su suerte. Adiós a Bangalore, adiós al futuro.
Encaramado justo en el borde de la frágil barandilla, ahora el viento le envuelve. Su cuerpo se mece junto con el edificio que ha sido su mundo durante tanto tiempo. Llegó el momento de conocer otros espacios.
Es hora de fundirse con el horizonte.

1 comentario:

Mari Pau dijo...

Carolina, qué buena escritora eres y qué historia más triste y emotiva. Pon más... queremos más de tu arte.