jueves, 16 de julio de 2009

MARINERAS DE AGUA DULCE


Hace ya algún tiempo que teníamos el plan de hacer un descenso en canoa por el río Sella. Mi hermana Mari estaba muy ilusionada con la perspectiva, sobre todo cuando vio que mi hermana Alicia, su marido y las dos niñas (Raquel y Paula, las de la comunión) consiguieron hacerlo sin llevarse más que un par de sustos por vuelco de canoa. En lo que a mí respecta, me mostraba algo más escéptica y cauta con el asunto. Mi forma física no es como para echar cohetes, y los músculos de mis hombros llevan más de dos décadas fuera de uso. Por lo tanto, lo más probable era que a la media hora de remar viera las estrellas por las agujetas galopantes que sin duda me saldrían.
Como sucede en múltiples ocasiones, esta vez me vi arrastrada por la presión del grupo, como quien dice. Mi prima Fátima había venido de visita desde Alemania, donde reside con su novio, un aguerrido escalador de origen croata, y a mi hermana Mari no se le ocurrió mejor forma de pasárnoslo bien que organizar el descenso por el río. Como no era cuestión de achantarse frente al yugoslavo, me sumé a la partida en un intento por dejar bien alto el pabellón deportivo patrio.
Total, que allá nos fuimos trece aventureros: mi prima Fátima y su churri, mi hermana Alicia, su marido y las dos niñas, que repetían experiencia, mi hermano Jorge y unos cuantos amigos suyos, mi hermana Mari, nuestra amiga Alejandra y yo.
Nada más llegar al pueblo de Arriondas, punto de salida para el descenso, nos dirigimos a la empresa con la que habíamos contratado la excursión. Tras equiparnos muy someramente (salvavidas, canoa y pala, nada de neoprenos – cosa que agradecí – ni de cascos), nos dieron un cursillo de manejo de la canoa más somero aún. Tras unos dos minutos de escuetas instrucciones, nos bajaron al embarcadero, nos asignaron canoas, y al agua, patos. Cuando se lo conté a Estíbaliz, mi compañera de trabajo, la buena mujer se asombró de que no viniera ningún monitor siguiéndonos, por si acaso, así como de que no nos equiparan con cascos y de que las raciones de comida que nos dieron fuesen tan escasas. Bueno, le dije yo, si hubiéramos tenido canoa-escoba, pertrechos decentes y raciones abundantes ¿dónde habría estado la gracia? ¡Se trataba de sobrevivir! Por lo menos, a las burlas de los otros excursionistas, más dotados o más avezados en estas cuestiones.
Porque ésa es otra: la salida de nuestra canoa, la “Negadas III”, sin duda figurará en los anales de Arriondas como la más patosa de la historia. El caso es que, al ser el grupo un número impar, tras el reparto de canoas nos quedamos mi hermana Mari, Alejandra y yo. Como no era cuestión de meterse dos en una canoa y otra sola por su cuenta, ya que ninguna tenía la menor idea de cómo se gobernaban las embarcaciones, pues nos pusimos las tres en una sola, ante la indiferencia de los monitores, que no consideraron necesario advertirnos de que las canoas que llevan tres personas son las más difíciles de gobernar en condiciones. Tampoco es que tardásemos mucho en averiguar este dato, pero lo cierto es que hubiéramos agradecido alguna advertencia sobre lo que nos esperaba.
Así que allí estábamos las tres, con nuestro salvavidas, nuestro bidón con las raciones de supervivencia bien atado a la canoa y nuestra palmaria ignorancia de cómo dirigir la embarcación. Salimos y… directas a la orilla contraria. Embarrancamos. Salimos de allí como podemos, entre un barullo de remos descoordinados, no en vano mi hermano Jorge bautizó más tarde nuestra canoa como “Spiderman”, pues los remos que iban en cualquier dirección semejaban patas de araña. Unas cuántas paladas y… nos vamos a la otra orilla en un perfecto rumbo en zigzag. Cruce de opiniones sobre las breves instrucciones que nos dieron los monitores: que si remar a la derecha cuando se quiere ir hacia la izquierda, que si a la izquierda cuando se quiere ir hacia la derecha… ¿hacia cuál de las derechas?
De este modo, vamos avanzando en zigzag unos cien metros durante la primera media hora, con varios choques contra las rocas, embarrancamientos, reniegos e instrucciones contradictorias. A todo esto, no se puede decir que careciéramos de público, pues varios paisanos se habían apostado sobre la barandilla del puente del pueblo. Supongo que aquello no lo verían todos los días.
Cuando ya estábamos pensando seriamente en volvernos al punto de partida, del que no estábamos muy lejos que se diga, conseguimos, a base de errores, pruebas y discusiones, ir avanzando poco a poco a lo largo del río. No es que dejásemos de chocar de orilla a orilla… es que el caudal era más abundante y la elíptica de nuestra trayectoria, algo más amplia. Por fin, fuimos, palada a palada, encontrando la manera de dilatar el tiempo que chocamos con las orillas y de mantenernos en medio del curso del río. Eso sí, a falta de pericia, hubimos de recurrir a la épica. “¡¡¡Izquierda, izquierda, izquierda!!!…¡ A la derecha ahora! ¡Venga, venga, remaaaad! ¡¡¡Aaaarrghh, que chocamos!!!... ¡Otra vez, no, remad, maldita sea!... ¡¡¡Los rápidos, ahí delante están los rápidooos!!!” En fin, que aquello parecía “La reina de África”.
Sin embargo, llega un momento en que logramos controlar, siquiera en lo más básico, el rumbo de la embarcación, y para nuestra sorpresa, incluso dispusimos de segundos de descanso en los que nos dejamos llevar por la corriente y contemplamos del paisaje, lleno de verdor y de recodos amenos. También nos fijamos en que las aguas claras del río están rebosantes de peces de distintas especies y tamaños. Acostumbrada al tono verdoso caqui de las aguas y la fauna casi alienígena del río Saja Besaya, que riega (es un decir) mi tierra natal, éste es un panorama completamente distinto que me asombra y del que disfruto todo lo que puedo, entre emergencia y emergencia.
Nuestra recién adquirida (ejem) destreza nos permite incluso auxiliar a la piragua de mi hermana y mi cuñado, que padece un intenso dolor de riñones que le impide remar. Tras rematar la faena golpeándole involuntariamente en la parte baja de la espalda cuando la canoa se nos fue a la orilla por enésima vez, nos distribuimos de tal forma que le pudimos llevar a puerto seguro. Eso sí, si no hubiera sido por las campeonas de mis sobrinas, que demostraron mucha más habilidad que nosotras (no en vano ya eran veteranas), lo hubiéramos pasado mal.
Nuestra sorpresa fue mayúscula al ver el cartel que anunciaba el final del trayecto y a los monitores esperándonos a la orilla. ¡Lo habíamos conseguido! Increíble.

2 comentarios:

Conchi dijo...

Gracias por compartir el relato. ¡Menudas aventureras estáis hechas! Os veo en la próxima edición de "Supervivientes".

Mari Pau dijo...

Sois dignas de grabar un programa de "desafío extremo". Quejandote de estar en baja forma y llegando a la meta y ayudando a otros... qué tía.