martes, 22 de junio de 2010

Una llaminadura / Una golosina


Sinopsis:
El protagonista de esta historia es el crítico culinario más importante del mundo, el Papa de la Gastronomía, el Mesías de los ágapes suntuosos. Mañana, va a morir. Lo sabe y poco le importa: a las puertas de la muerte, busca un sabor que le atenaza el corazón, un sabor de la infancia o de la adolescencia, un manjar original y maravilloso que presiente que vale más que todos sus festines de goloso consumado.

Y entonces recuerda. Silenciosa, a veces frenéticamente, vaga por los meandros de su memoria gustativa, se hunde en las cacerolas de la infancia, vagabundea por las playas y los huertos, entre el campo y los perfumes, los olores y los sabores, las fragancias, los caldos, la caza, la carne, el pescado y los primeros licores. Recuerda, pero no encuentra... Todavía.


He leído un libro, cortito, Una llaminadura, de Muriel Barbery, la autora de La elegancia del erizo. De hecho, el protagonista, un crítico gastronómico, es uno de los vecinos del edifico de la Rue Grenelle, en la que se situó la anterior. Dicho señor, moribundo, busca en su agonía el recuerdo de un sabor olvidado, pero que es la referencia de toda su vida. La comida, los alimentos, los sofisticados platos que describe y asocia a su infancia, a su iniciación en la gastronomía, son descritos con evocaciones casi eróticas, con la misma sensualidad y emoción, ya se trate de un pincho moruno o de un sorbete de naranja.

Más que cocineros de prestigio –que los hay-, los franceses destacan por hacer poesía de la gastronomía. Este señor es capaz de ocupar dos páginas describiendo las sensaciones que le provoca dar un mordisco al pan, por poner un ejemplo. Al principio, tales descripciones tienen su encanto, pero llega el momento en que me cansan, por lo menos a mí.

1 comentario:

Johnny dijo...

Yo disfruto mucho de la buena comida (y una que otra chatarra)pero que no me la cuenten mucho